Manda ese audio
Sobre la amistad, el cortisol, Dunbar y por qué guardarte las cosas es malo para tu salud.
Queridx PeOrcitx:
Esta semana he llegado a una conclusión importantísima: tener amigos es literalmente bueno para no morirse.
Sí, ya lo sabías. Pero ahora además puedo decirlo con cara de persona que ha leído cosas.
Resulta que tener lazos sociales fuertes puede aumentar bastante la probabilidad de vivir más. Cuando estás con gente que te importa, tu cerebro se pone contento y libera dopamina y oxitocina, que básicamente son las sustancias de “todo está bien, qué gusto estar aquí”.
Y hay un estudio de Harvard (ella, instruida) que lleva como ochenta años siguiendo a personas reales y viene a decir algo bastante incómodo: que las relaciones de calidad importan más para vivir bien que el dinero, la fama o incluso la genética.
Y lo mejor de todo: no tener amigos es más o menos igual de malo que fumar un montón.
Así que cada vez que no llamas a tu amiga porque “no quieres molestar”, igual te estás fumando medio paquete.
Ahí lo dejo.
No hacen falta muchos, hacen falta los buenos
Un antropólogo de Oxford (hoy estoy que me salgo de la pelleja con los datos xD) se pasó años estudiando cuántas relaciones puede gestionar un cerebro humano sin colapsar, y la conclusión es bastante humilde: pocas.
Muy pocas.
Hay como capas: Un puñado muy pequeño de personas íntimas de verdad, luego un grupo algo más amplio de buenos amigos, luego conocidos, gente con la que te llevas bien… y ya.
Y esto, lejos de ser deprimente, es liberador.
Porque significa que no tienes que gustarle a todo el mundo ni al compañero raro del trabajo, ni a la prima lejana, ni a la amiga de tu amiga que siempre te mira como si le debieras dinero.
Hay gente con la que te abres en canal, gente con la que te ríes y lo pasas bien y gente a la que no llamarías si necesitaras enterrar un cadáver (metafóricamente, claro).
Todos tienen su sitio, el truco está en no confundirlos.
El problema es cuando estás siempre en alerta
Tu cuerpo tiene una hormona, el cortisol, que se activa cuando detecta peligro. Está muy bien pensada: salta, te protege y luego se apaga.
El problema es cuando no se apaga nunca.
Es como una alarma de incendios sonando todo el día. Al principio te pone en tensión. Luego te agota. Y al final ya ni sabes si hay fuego de verdad.
Eso es lo que pasa cuando estás en relaciones donde tienes que estar midiendo todo el rato lo que dices, cómo lo dices, si has estado bien, si has sido demasiado, si encajas.
Y claro, vivir así no solo es incómodo. Es agotador. Y a la larga, pasa factura.
Cuando estar con alguien se parece más a un examen que a un sitio seguro, HUYE.
Creo que mucho de esto viene de lejos
De momentos en los que alguien te dejó fuera sin explicación, de cuando ya no eras del grupo y nadie te dijo por qué, de conversaciones en las que no estabas o de comentarios que se quedaron más tiempo del que deberían.
Y también, siendo honestas, de veces en las que tú hiciste lo mismo para encajar.
Todo eso deja un radar interno que se activa cuando conoces a alguien, al menos a mí me pasa: ¿caigo bien? ¿he dicho algo raro? ¿me están juzgando?
Y ahí está otra vez la alarma de fondo.
El caso es que siempre vas a ser “demasiado algo” para alguien, y alguien va a serlo para ti.
No hay forma de gustarle a todo el mundo (ni necesidad). Y gastar energía en intentarlo es como intentar llenar un cubo con un agujero, un pah nah.
Esa energía estaría mucho mejor invertida en las personas con las que todo es más fácil. Las que no necesitan manual de instrucciones, las que no te obligan a reinventarte o las que no convierten cada conversación en una auditoría emocional.
Porque cuando algo es de verdad, no tienes que esforzarte en ser quien no eres.
Ni con amigos.
Ni con pareja.
Ni en el trabajo.
Ni en ningún sitio.
Si tienes que actuar, medir cada palabra o sentirte incómoda de forma constante: ahí no es.
Y punto en boca.
Así que aquí va mi carta de amor a la amistad:
Querida amiga. Querido amigo.
No sé muy bien en qué momento exacto pasaste de ser alguien importante a ser hogar.
Supongo que no fue un día concreto.
No hubo música de fondo ni una escena épica.
Fue más bien una suma de cosas pequeñas: conversaciones que se alargaban sin motivo, silencios que no incomodaban, momentos en los que todo iba regular pero contigo pesaba menos.
Y un día, sin darme cuenta, ya estabas ahí.
En ese sitio al que solo llega la gente que no hace ruido pero se queda.
Quiero que sepas que no siempre he sabido quererte bien.
A veces he llegado tarde.
A veces he estado, pero no del todo.
A veces me he callado cosas importantes por miedo a estropearnos, como si decir la verdad fuera más peligroso que guardarla.
Y otras veces he pensado demasiado y sentido poco en voz alta.
No por falta de cariño, sino por torpeza.
Por miedo.
Por ese reflejo raro de proteger lo bueno… incluso de ti.
También he dudado.
De si estaba dando suficiente.
De si era fácil quererme.
De si algún día te cansarías de mis versiones menos brillantes.
Y aun así, te has quedado.
Sin exigirme que sea perfecta.
Sin pedirme explicaciones cada vez que me pierdo un poco.
Sin hacer de mis días malos un problema tuyo, pero sin soltarme tampoco.
Eso es algo que no se dice lo suficiente: lo difícil que es quedarse BIEN.
Sin invadir, sin desaparecer, sin hacer ruido innecesario.
Tú sabes hacerlo.
Y no sé si eres consciente de lo que significa eso para mí.
Porque hay muchas formas de estar, pero muy pocas se sienten como descanso.
Tú sí.
Eres ese lugar donde no tengo que pensar antes de hablar.
Donde no tengo que medir cuánto doy para no parecer demasiado.
Donde no tengo que explicarme tres veces para sentir que me entienden.
Contigo no tengo que defenderme.
Y eso, en un mundo donde casi todo pide justificación, es un lujo.
A veces pienso que la amistad de verdad es esto:
alguien que ve quién eres cuando no estás intentando ser nada en concreto…
y decide quedarse ahí.
Sin arreglarte.
Sin cambiarte.
Sin hacerte sentir que tienes que ganártelo constantemente.
Solo estar.
Quiero que sepas que te elijo.
No por inercia, ni por costumbre, ni porque “toque”.
Te elijo sabiendo cómo eres.
Y sabiendo cómo soy yo.
Con todo lo fácil y todo lo difícil que eso incluye.
Te elijo en los días buenos, que son sencillos.
Y en los días raros, que son los que cuentan de verdad.
No siempre voy a hacerlo perfecto.
Pero sí voy a hacerlo de verdad.
Y supongo que eso es lo más honesto que puedo ofrecerte.
Gracias por quedarte en un mundo donde todo cambia rápido.
Gracias por no soltar cuando sería más fácil hacerlo.
Gracias por hacerme sentir, incluso en mis peores días, que hay sitios a los que siempre puedo volver.
Tú eres uno de ellos.🦔🍍
Y si estás leyendo esto y has pensado en alguien:
Escríbele, mándale un audio y dile lo que llevas tiempo sin decirle.
Aunque sea incómodo. Sobre todo si es incómodo.
Como dice mi amigo Luismi:
“Haz lo que te dé paz. Y si darte paz es un audio llorando diciendo que has sido un poco capulla, pues ya está.”
La vida es demasiado corta para guardarse las cosas buenas.
Espero que te haya gustado, PeOrcito, aunque el tema tenga menos risas que de costumbre jeje 🙂
🍿 Recomendaciones para no mandar todo a la mierda
📚 Solo quería bailar — Greta García
Un libro pequeñito, tamaño A5, menos de 200 páginas. Y sin embargo me ha tardado más que uno el doble de gordo. El motivo: está escrito en andalú. Sí, como se pronuncia, no como te enseñaron en el colegio. Y eso, que debería ser lo más natural del mundo, me ha costado un mundo leerlo porque no estoy acostumbrada a ver escrito como hablo.
La autora es Greta García, bailarina, coreógrafa, payasa y directora teatral sevillana, multipremiada, que trabaja con el cuerpo y los objetos. Y eso se nota en cómo está escrito: son pensamientos automáticos, ideas que van con otras ideas, sin freno, como funciona la mente de verdad. Hay momentos que te descolocan y momentos que te explotan en la cabeza.
Me lo recomendó mi amiga Alma Alanís, que tiene el podcast Al Daily, y ha sido una sorpresa muy grata. Reivindica nuestro acento, nuestra forma de hablar, que siempre ha sido objeto de burla de Despeñaperros para arriba. Y eso, en un libro, se siente como un abrazo y un zasca al mismo tiempo.
⭐⭐⭐⭐ - Sensación final: original, auténtico y un poco incómodo. De los que no olvidas.
🎬 El diablo se viste de Prada 2
No me esperaba nada del otro mundo y aun así me sorprendió lo poco que tenía que contar. Es, básicamente, una excusa para volver a ver a los personajes que queremos, los modelitos increíbles y a Meryl Streep siendo Meryl Streep, que ya es suficiente motivo para comprar la entrada.
El argumento tiene poca chicha y en momentos se me hizo larga. Pero hay algo que me sigue impresionando de esta mujer: interpretar a alguien tan distinto a como ella parece ser en la vida real tiene que ser enormemente complicado, y lo hace como si nada. Los guiños a la primera están, los fans lo van a disfrutar, y Anne Hathaway y Emily Blunt no desentonan.
Puesto a comparar, me gustó más Gladiator 2. Pero oye, a Meryl Streep no le digo que no.
⭐⭐⭐ - Sensación final: fan service sin disculpas. Si amas la primera, ve. Si no, espera al sofá.
🧠 La mujer que deberías conocer hoy:
- María Luz Morales -
Quién fue: Periodista gallega nacida en A Coruña en 1889, pionera del periodismo cultural español. Primera mujer en dirigir un diario nacional en España: La Vanguardia, entre 1936 y 1937, en plena Guerra Civil. Era la única mujer de toda la redacción.
Por qué deberías conocerla: Porque cuando el director huyó al exilio y el comité obrero del periódico la nombró directora, ella aceptó con una sola condición: “Yo solo haré periodismo.” En medio de una guerra. Con todo en llamas a su alrededor. Yo solo haré periodismo. Tómalo.
El dato que te deja con cara de “¿perdona?”: Para poder escribir en La Vanguardia, firmaba sus críticas de cine con el seudónimo de Felipe Centeno, nombre de un personaje de Galdós. Tuvo que inventarse un hombre para que la dejaran trabajar. Y aun así, dirigir ese periódico le costó 40 días de cárcel en un convento de Barcelona y la inhabilitación profesional durante años. Fue rehabilitada como periodista en 1978. Con ochenta y nueve años.
M reflexión: Casi noventa años después de María Luz Morales, las mujeres seguimos siendo el 25% de los directores de periódicos en España. Poco ha cambiado. Y mientras tanto, tres tíos se inventaron una escritora llamada Carmen Mola, ganaron un millón de euros con el Premio Planeta y luego dijeron que no se escondían detrás de un nombre de mujer. Claro que no. Qué va.
💡 No lo sabía y ahora no puedo olvidarlo
Las zanahorias no siempre fueron naranjas. Las originales, cultivadas hace unos 3.000 años en Afganistán, eran de color morado por fuera y amarillas por dentro.
Las zanahorias naranjas que conocemos hoy fueron cultivadas en Holanda en el siglo XVI, resultado de un cruce deliberado para que el color del vegetal coincidiera con el de la Casa Real holandesa de Orange.
Básicamente nos comemos un vegetal que existe por motivos de marketing monárquico. El mundo es un sitio raro y maravilloso.
Cuida a tu gente, PeOrcito. Y si tienes algo que decirle a alguien, manda el audio.
Y ya sabes, siempre podría ser PeOr, podrías no tener a nadie con quien odiar al gilipollas de turno.












Dicen que de amigos verdaderos a lo largo de la vida si suman cinco es todo un éxito, tres ya es maravilloso. Más de ahí, no es real. Con Ganas de ver segunda parte del Diablo se viste de Prada. Gracias por compartir ✨
Con muchos libros y estudios leídos sobre la amistad, hoy tu artículo me ha recordado dónde no es. Y aunque es triste, reconocerlo alivia y libera. ¡Gracias!