La relación más larga que he tenido no es con una persona. Es con mi coche.
Llevamos juntos más años de los que voy a reconocer en público. Y mira, en su momento era un cochazo. Bueno, no era un cochazo, pero para mí lo era, que no es lo mismo pero es igual. Me llevaba a todos lados, arrancaba sin dramas, y yo le tenía ese cariño que le coges a las cosas cuando llevan suficiente tiempo contigo como para que ya sean completamente tuyas.
El problema es que últimamente va dando señales.
No es que esté roto del todo, ojo. Es que va fallando de manera aleatoria y con criterio propio. El cierre automático se activa y se desactiva cuando le da la gana, como si tuviera un plan secreto que yo desconozco. La calefacción, a veces suelta aire frío y, de repente, le da el siroco y te mete en la cara un calor que parece que alguien ha dicho “Dracarys”. Se me rompió lo del agua del limpiaparabrisas y lleva meses yendo a medio gas, cosa que he asumido con una resignación que me preocupa un poco. Y hay un ruido. Uno específico, intermitente, que ya he integrado en el paisaje sonoro de mi vida como si fuera la gotita del aire de la vecina cayendo en tu ventana.
Pero lo mejor de todo, lo mejor, son las ventanillas. Las ventanillas se bajan solas cuando hay un resalto en la carretera. En algún momento una no subía directamente, y la solución fue una bolsa de basura sujeta con cinta americana. La cinta se fue, la bolsa se fue, pero el pegamento de la cinta se quedó. Está ahí todavía. En la puerta. Como un tatuaje que nadie pidió.
Y por fuera, bueno. Por fuera es un poema. Ha perdido el brillo y se ha quedado mate en algunas zonas. Tiene rayones por todos lados que ya ni recuerdo de dónde vienen. Si alguien intentara robármelo le estaría haciendo un favor a los dos, pero ni eso: el ladrón lo arrancaría, escucharía el ruido, vería la puerta y volvería a llamar al timbre.
“Mira, lo he intentado, pero no puedo. Quédatelo.”
Manolo Escobar estaría orgulloso.
Sinceramente, creo que el único que sigue confiando en este coche soy yo. Y no descarto que sea por costumbre.
En algún momento dejé de pensar “tengo que arreglar esto” y empecé a decir “bueno, ya sabes cómo es”. Y eso me preocupa bastante más que el ruido.
Y aquí está la pregunta que me lleva rondando un tiempo: ¿cuándo exactamente dejé de ver las señales? Porque la ventanilla no se bajó sola de golpe un martes. Esto fue progresivo. Primero fue una cosa pequeña, luego otra, luego el ruido, luego lo del agua del limpiaparabrisas, luego el Dracarys de la calefacción... y, en algún punto del camino, decidí, de forma completamente inconsciente, que todo eso era normal. Que era el carácter del coche. Que así es él. Que ya lo arreglaría. Que tampoco estaba tan mal.
Y lo seguí conduciendo.
Pero también, y esto es lo que más me ha costado entender: no tienes que conservar el mismo coche toda la vida.
Hay coches que fueron perfectos para una etapa y que ya no lo son. Que te llevaron exactamente hasta donde necesitabas llegar. Y eso basta. No porque fueran malos coches. Al contrario. Fueron los que necesitabas entonces. Pero tú cambias, cambian los caminos y, a veces, lo más honesto es reconocerlo en lugar de seguir dándole a arrancar con la esperanza de que esta vez salga.
Lo complicado es saber cuándo algo necesita una revisión y cuándo necesita que lo dejes ir con cariño y sin drama. Eso no hay mecánico que te lo resuelva.
Lo que sí te digo es que las ventanillas bajándose solas son una señal. Que la bolsa de basura con pegamento en la puerta es una señal. Que llevar meses a medio gas mirando para otro lado también es una señal. Que el Dracarys en la cara cuando solo querías un poco de calor es, definitivamente, una señal.
Las señales estaban ahí. Siempre estuvieron ahí.
Y claro, yo estoy hablando del coche.
Del coche, sí.
🍿 Recomendaciones para no mandar todo a la mierda
📚 Mindf*ck #5: Paint It All Red — S.T. Abby
El último libro de la saga. Lana lleva cuatro libros siendo asesina, vengándose de los que le hicieron daño, y enamorada del agente del FBI que investiga sus crímenes sin saber quién es ella. El quinto cierra todo. He llegado al final y he sentido ese vacío de “y ahora qué” que solo dan las sagas que te enganchan de verdad.
Sensación final: necesito un momento.
🎬 Pequeñas cartas indiscretas (2023) - Prime video - Olivia Colman y Jessie Buckley en un pueblo costero inglés de los años 20 donde alguien está mandando cartas anónimas llenas de palabrotas a los vecinos. Basada en hechos reales, lo cual lo hace todo mucho más delicioso. Comedia, misterio y feminismo de época sin ponerse solemne en ningún momento.
Sensación final: una tarde de domingo hecha película.
🎬 En prácticas (2025) - Prime video - Un chico de último año de instituto convence a sus tres amigos de robar el coche de la autoescuela para ir a reconquistar a su novia, que ya está en la universidad. De Bobby Farrelly, el de Algo pasa con Mary. Más inocente de lo que esperaba, pero se ve fácil y tiene su gracia.
Sensación final: comedia de instituto sin pretensiones, que a veces es exactamente lo que necesitas.
🎬 Las ovejas detectives (2026) - Un pastor que cada noche les lee novelas de crímenes a sus ovejas aparece muerto, y las ovejas, que lo han entendido todo desde el principio, deciden resolver el caso. Hugh Jackman, Emma Thompson, Julia Louis-Dreyfus poniendo voz a los animales. Suena rarísimo. Es una joya.
Sensación final: la película más tierna del año disfrazada de disparate.
🧠 La mujer que deberías conocer hoy
Pinito del Oro y Natalia Sosa
Pinito del Oro era la pequeña de diecinueve hermanos de circo, la torpe, la que no valía. Acabó siendo la mejor trapecista del mundo: sin red, a 30 metros de altura, el cráneo roto dos veces y siempre de vuelta al trapecio. Natalia Sosa era escritora y poeta de Gran Canaria, de las que cuestionan las normas de su tiempo desde que abren los ojos por la mañana.
En 1968 Pinito la contrató para escribir sus memorias. Natalia la acompañó más de un año en sus giras. Y entre las dos pasó algo que en pleno franquismo no tenía nombre permitido. Lo que sí tuvo nombre, y forma, y letra, fueron las cartas que Natalia le escribió durante años y que publicó en 1996 con el consentimiento de Pinito. En una de ellas escribió: “Quizá una noche de amor entre las dos no hubiese sido tan loco ni tan descabellado. Nunca comprenderé por qué se puede acariciar el alma de alguien y no una total conmoción viva. Una especie de abrazo que lo abarque todo, cuerpo y alma.”
El dato que te deja con cara de ¿perdona? Una directora canaria encontró esa carta mientras escribía su tesis doctoral y tardó siete años en conseguir llevarla al cine. Tal vez se estrena el 10 de julio.
Que Pinito diera su consentimiento para publicar esas cartas me parece uno de los gestos más valientes que he leído en mucho tiempo. No hizo falta decir nada más. Estaba todo ahí.
Querido PeOrcito, cuida tu coche. Y lo que no es tu coche también.
Podría ser PeOr, podrías llevar años ignorando que las ventanillas se bajan solas.






Que bueno!!! Somos artistas en fingir demencia 😂
Los coches analógicos , a lo sumo con servodirección- aire acondicionado y 5 marchas. Es lo mas lógico para morir con el en un entierro vikingo.